Fundamentos científicos, aplicaciones clínicas y perspectivas
Revisión bibliográfica basada en el Modelo de los Cinco Dominios · 2025
La evaluación del bienestar en el perro doméstico ha experimentado una transformación conceptual profunda durante las últimas dos décadas. El paradigma emergente abandona la lógica restrictiva de la prevención del sufrimiento y propone, en su lugar, un enfoque centrado en la promoción activa de experiencias positivas. El constructo central de este nuevo marco es el balance afectivo: la proporción entre afectos positivos y negativos acumulados a lo largo del tiempo. Este artículo revisa los fundamentos teóricos y empíricos del Modelo de los Cinco Dominios, desarrollado y actualizado por Mellor y colaboradores, y examina sus implicaciones prácticas para veterinarios, etólogos y educadores caninos. Se analiza además la distinción conceptual entre la ausencia de estados negativos y la presencia activa de estados positivos, diferencia que constituye el núcleo de la llamada «ciencia del bienestar positivo».
1. Introducción: el problema de medir la felicidad
Preguntarse si un perro es feliz implica adentrarse en un territorio científico que durante décadas estuvo reservado a la filosofía y a la intuición popular. Sin embargo, desde los años noventa, la ciencia del bienestar animal ha desarrollado herramientas conceptuales y metodológicas que permiten aproximarse a esta cuestión de manera rigurosa. La pregunta central ha dejado de ser «¿está sufriendo este animal?» para convertirse en algo más ambicioso: «¿está viviendo una vida que vale la pena ser vivida?».
Esta reorientación no es trivial. Supone reconocer que los estados mentales de los animales no humanos tienen relevancia moral y científica, y que la experiencia subjetiva del animal —aquello que siente— puede y debe ser incorporada a los protocolos de evaluación clínica y conductual. La neurociencia afectiva, liderada por investigadores como Jaak Panksepp, ha proporcionado el sustrato biológico que sustenta esta afirmación: los mamíferos comparten con los seres humanos sistemas emocionales primarios de base subcortical, lo que hace plausible que experimenten formas funcionalmente análogas de placer, miedo, frustración o anticipación.
En este contexto, el concepto de balance afectivo emerge como la herramienta más operativa para cuantificar el bienestar global de un individuo a lo largo del tiempo. Su aplicación al perro doméstico ofrece un marco unificador que integra dimensiones físicas, conductuales y emocionales en una sola métrica comprensible para el clínico y el educador.
2. El balance afectivo: definición y fundamentos
2.1. Conceptualización del constructo
El balance afectivo puede definirse como el cociente entre la frecuencia e intensidad de los afectos positivos y los afectos negativos experimentados por un organismo en un período de tiempo dado. Un animal cuyo balance es positivo —es decir, cuya vida está poblada mayoritariamente por estados de confort, satisfacción, juego, curiosidad y saciedad— se aproxima al polo del bienestar óptimo. Un animal cuyo balance es negativo —dominado por el dolor crónico, el miedo, el aburrimiento o la frustración— se encuentra en un estado de sufrimiento sostenido, independientemente de que sus necesidades básicas estén aparentemente cubiertas.
El profesor David J. Mellor, de Massey University (Nueva Zelanda), es el investigador que con mayor rigor ha sistematizado y difundido este constructo en el campo del bienestar animal. Su contribución fundamental ha sido señalar que el paradigma previo —las denominadas Cinco Libertades, formuladas por el Comité Brambell en 1965 y popularizadas por la Farm Animal Welfare Council en el Reino Unido— resultaba insuficiente porque aspiraba únicamente a un estado neutral: la ausencia de lo negativo. Mellor propone un desplazamiento hacia la promoción activa de lo positivo.
2.2. La insuficiencia del paradigma de las Cinco Libertades
Las Cinco Libertades establecían que un animal goza de bienestar cuando está libre de hambre y sed, libre de malestar, libre de dolor y enfermedad, libre de miedo y angustia, y libre para expresar su comportamiento normal. Su influencia ha sido enorme y su valor histórico es innegable: introdujeron un lenguaje común para la política y la práctica del bienestar animal en todo el mundo. Sin embargo, desde una perspectiva científica contemporánea, presentan al menos dos limitaciones estructurales.
La primera limitación es de carácter conceptual: la ausencia de un estado negativo no produce necesariamente un estado positivo. Un perro que no tiene hambre no experimenta, por ese solo hecho, el placer de comer. Un perro que no sufre dolor no disfruta, ipso facto, del movimiento o del juego. El punto neutro —ausencia de malestar— es una condición necesaria pero no suficiente para el bienestar. La segunda limitación es metodológica: las Cinco Libertades no proporcionan mecanismos claros para medir la experiencia subjetiva del animal ni para distinguir entre diferentes grados de bienestar por encima de ese umbral neutro.
Mellor y Beausoleil (2015) formalizaron esta crítica al proponer una reconfiguración del modelo que incorporara explícitamente los estados afectivos positivos como objetivo primario de las políticas y prácticas de bienestar animal. Esta reformulación sentó las bases del Modelo de los Cinco Dominios en su versión contemporánea.
3. El modelo de los Cinco Dominios: estructura y aplicación
3.1. Arquitectura del modelo
El Modelo de los Cinco Dominios organiza los determinantes del bienestar en cuatro dominios funcionales que confluyen en un quinto dominio de naturaleza mental. Los cuatro dominios físico-funcionales son: nutrición, entorno físico, salud y conducta. El quinto dominio —el estado mental o dominio afectivo— es la resultante de la interacción entre los cuatro anteriores y constituye el locus de la evaluación del bienestar en sentido estricto.
Esta arquitectura refleja una comprensión sistémica del bienestar: los estados mentales del animal no emergen únicamente de su condición física o de su entorno, sino de la interacción dinámica entre ambos, mediada por la conducta. A continuación se describe el contenido de cada dominio aplicado específicamente al perro doméstico.

Tabla 1. Estructura del Modelo de los Cinco Dominios aplicado al perro doméstico (adaptado de Mellor et al., 2020).
3.2. Dominio 1: nutrición
En el contexto del bienestar positivo, la alimentación no se evalúa únicamente en términos de cobertura de requerimientos nutricionales mínimos. El perro, como animal con capacidades olfativas y gustativas notablemente desarrolladas, experimenta el acto de comer como un evento hedónico significativo. La variedad en la dieta, la presentación de los alimentos de manera que estimule la búsqueda y la exploración (alimentación enriquecida), y la sensación de saciedad constituyen afectos positivos que contribuyen de manera directa al balance global.
3.3. Dominio 2: entorno físico
El entorno en que vive el animal determina en gran medida su sensación de seguridad y confort. La disponibilidad de un espacio propio percibido como refugio, la temperatura ambiental adecuada a la morfología del individuo, la calidad del aire, el nivel de ruido y la posibilidad de retirarse de estímulos perturbadores son variables que el clínico y el educador deben evaluar sistemáticamente. Un entorno empobrecido o impredecible genera activación crónica del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, con consecuencias documentadas sobre el sistema inmune, el comportamiento y la longevidad.
3.4. Dominio 3: salud
La ausencia de dolor o enfermedad constituye una condición necesaria para el bienestar, pero también en este dominio la perspectiva positiva añade valor: la vitalidad, la agilidad y la capacidad funcional plena son estados que el animal experimenta activamente como positivos. Esto tiene implicaciones terapéuticas relevantes: el manejo del dolor crónico, el control del peso corporal y la rehabilitación física no son únicamente intervenciones preventivas, sino estrategias de promoción activa del bienestar.
3.5. Dominio 4: conducta
Este dominio es, quizás, el más frecuentemente subestimado en la práctica clínica y educativa. El perro es un animal con un repertorio conductual complejo, filogenéticamente moldeado para la caza, la exploración olfativa, la resolución cooperativa de problemas y la interacción social. La privación de oportunidades para expresar estas conductas no produce simplemente aburrimiento: genera frustración activa, que se manifiesta en comportamientos problemáticos ampliamente documentados (destructividad, ladridos excesivos, comportamientos estereotipados) y que constituye, en sí misma, un afecto negativo de alta intensidad.
El concepto de agencia positiva —la posibilidad de que el animal tome decisiones y actúe sobre su entorno con consecuencias predecibles— es central en este dominio. Un perro al que se le permite elegir el ritmo de un paseo de exploración olfativa (lo que coloquialmente se ha denominado «sniffari» en la literatura divulgativa de base científica) no solo satisface su necesidad conductual: experimenta activamente el placer de la autonomía y la exploración.
3.6. Dominio 5: estado mental y balance afectivo
El quinto dominio es la síntesis de los cuatro anteriores: el estado afectivo global que emerge de la experiencia acumulada del animal en los dominios funcionales. Su evaluación requiere el uso de indicadores conductuales validados, entre los que destacan los paradigmas de sesgo de juicio (judgment bias), desarrollados por Mendl y colaboradores. En estos paradigmas, un animal entrenado ante un estímulo ambiguo tiende a responder de manera optimista (anticipando una consecuencia positiva) o pesimista (anticipando una negativa) en función de su estado afectivo basal, lo que proporciona una medida indirecta pero operativa del balance afectivo (Burman et al., 2011).
4. La actualización de 2020: las interacciones Humano-Animal como factor determinante
La versión más reciente del modelo, publicada por Mellor y colaboradores en 2020 en la revista Animals, introduce una aportación conceptual de primer orden: el reconocimiento explícito de las interacciones humano-animal como variable independiente con capacidad para modular el balance afectivo del perro de manera significativa. Esta incorporación no es anecdótica: refleja la realidad ecológica del perro doméstico, una especie cuya biología y comportamiento están inextricablemente vinculados a la convivencia con seres humanos a lo largo de decenas de miles de años de coevolución.
Las interacciones humano-animal pueden ser fuente de afectos tanto positivos —vínculo afectivo, juego compartido, comunicación interespecie, predictibilidad del cuidador— como negativos —inconsistencia en las señales del propietario, técnicas de adiestramiento basadas en el castigo, falta de tiempo de calidad o desajuste entre las expectativas del propietario y las necesidades del animal—. Este reconocimiento tiene consecuencias directas para la práctica veterinaria y la educación canina: el bienestar del perro no puede evaluarse ni intervenirse sin considerar simultáneamente la calidad de la relación que mantiene con su entorno humano.
5. El matiz fundamental: de lo neutro a lo positivo
La distinción entre ausencia de lo negativo y presencia de lo positivo constituye el aporte más disruptivo —y, en la práctica, el más difícil de asimilar— de la ciencia del bienestar positivo. Para ilustrarlo, puede recurrirse a un ejemplo clínico sencillo: un perro alojado en una perrera con condiciones higiénicas adecuadas, dieta equilibrada y ausencia de enfermedades podría parecer, bajo el paradigma de las Cinco Libertades, un animal en bienestar. Sin embargo, si ese mismo animal pasa la mayor parte del día en un cubículo sin estimulación sensorial, sin contacto social con conespecíficos o humanos, y sin posibilidad de expresar conductas exploratorias, su balance afectivo será negativo: los afectos positivos estarán ausentes, aunque los negativos activos sean escasos.
Este matiz tiene implicaciones éticas y prácticas de gran calado. En el ámbito veterinario, sugiere que el alta clínica de un animal no debería basarse únicamente en la resolución de la patología, sino en la restauración de las condiciones que permiten una experiencia afectiva positiva. En el ámbito del adiestramiento y la educación canina, exige un desplazamiento desde metodologías centradas en la eliminación de comportamientos indeseados hacia enfoques que promuevan activamente el repertorio de conductas intrínsecamente recompensantes para el animal.
Vigors, Sandøe y Lawrence (2021) han analizado las convergencias y divergencias entre las concepciones científicas y sociales del bienestar positivo, concluyendo que existe un sustrato compartido centrado en la agencia, la oportunidad de elección y la riqueza experiencial. Webb y colaboradores (2019) han revisado desde una perspectiva interdisciplinar el concepto de «felicidad animal», proponiendo que este no puede reducirse a la ausencia de estados negativos ni a la simple presencia de estados positivos, sino que requiere considerar la coherencia entre las disposiciones motivacionales del animal y las oportunidades que su entorno le proporciona.
6. Indicadores conductuales del balance afectivo: herramientas para los profesionales y tutores
La evaluación práctica del balance afectivo en el perro requiere el uso de indicadores conductuales validados empíricamente. Los principales paradigmas y herramientas disponibles en la actualidad incluyen los siguientes.
El paradigma de sesgo de juicio, desarrollado por Mendl y sus colaboradores y aplicado al perro por Burman et al. (2011), permite inferir el estado afectivo basal del animal a partir de su tendencia a responder de manera optimista o pesimista ante estímulos ambiguos. Un animal en un estado afectivo positivo tiende a interpretar la ambigüedad en clave de anticipación positiva, lo que se manifiesta en patrones de respuesta cuantificables.
El análisis de indicadores de estados emocionales agudos ha sido formalizado recientemente por Flint y colaboradores (2024) en un estudio publicado en Scientific Reports, en el que se validaron indicadores conductuales específicos para la evaluación de la valencia emocional en perros en contextos clínicos y de investigación. Este trabajo proporciona al profesional una batería de señales observables que van más allá de la lectura intuitiva del lenguaje corporal y que pueden integrarse en protocolos estandarizados de evaluación.
Reimert y colaboradores (2023) han propuesto un marco conceptual integrado para el bienestar animal que aspira a superar la fragmentación entre las aproximaciones centradas en el funcionamiento biológico, las preferencias conductuales y los estados subjetivos, ofreciendo una perspectiva unificadora de especial utilidad para el diseño de estudios y protocolos clínicos.
7. Implicaciones para la práctica profesional
7.1. Para el veterinario clínico
La adopción del marco del balance afectivo invita al veterinario a incorporar en la anamnesis y en el plan terapéutico preguntas y objetivos que van más allá de la patología visible. ¿Qué oportunidades tiene este animal para expresar conductas intrínsecamente gratificantes? ¿Cómo es la calidad de la interacción con su propietario? ¿Existe estimulación cognitiva adecuada a su edad y condición? Estas preguntas no son secundarias: determinan de manera sustancial el balance afectivo del paciente y, en consecuencia, su bienestar real.
7.2. Para el educador y el etólogo aplicado
El modelo de los cinco dominios proporciona un marco riguroso para justificar y diseñar programas de enriquecimiento ambiental y conductual. La selección de actividades no debería basarse únicamente en el criterio de la aceptación por parte del propietario, sino en la evidencia sobre qué tipos de conductas generan afectos positivos de mayor magnitud e intensidad en perros de diferentes perfiles temperamentales, edades y condiciones físicas. La exploración olfativa, el juego social controlado, la alimentación por forrajeo y la resolución de problemas figuran entre las actividades con mayor respaldo empírico como promotores de afectos positivos en la especie canina.
7.3. Para el investigador
El modelo ofrece una estructura conceptual unificadora que facilita la comparabilidad entre estudios realizados en diferentes contextos y con diferentes metodologías. La operacionalización del balance afectivo a través de paradigmas conductuales validados —especialmente el sesgo de juicio y los indicadores de estados emocionales agudos— permite avanzar hacia una ciencia del bienestar animal más cuantitativa y reproducible.
8. Conclusiones
La ciencia del bienestar animal ha realizado en las últimas dos décadas un desplazamiento conceptual de enorme relevancia: del paradigma de la prevención del sufrimiento al paradigma de la promoción activa de experiencias positivas. El balance afectivo —la proporción entre afectos positivos y negativos a lo largo del tiempo— constituye el constructo central de este nuevo enfoque y proporciona una métrica comprensiva e integradora del estado de bienestar del animal.
El Modelo de los Cinco Dominios, en su formulación más reciente, ofrece al profesional un mapa conceptual de los determinantes del bienestar que integra dimensiones nutricionales, ambientales, sanitarias, conductuales y relacionales en una evaluación global del estado mental del animal. Su aplicación sistemática en la práctica veterinaria, la educación canina y la investigación etológica requiere un esfuerzo de formación y de revisión de protocolos, pero proporciona a cambio un marco científicamente sólido para responder, con rigor, a una pregunta que hasta hace poco parecía irreductiblemente subjetiva: si el perro con el que trabajamos está, verdaderamente, bien.
El matiz que articula todo este edificio conceptual —la diferencia entre lo neutro y lo positivo— no es un detalle académico menor. Es, probablemente, la distinción más importante que la ciencia del bienestar animal ha aportado a la práctica profesional en el siglo XXI.
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Referencias
Burman, O., McGowan, R., Mendl, M., Norling, Y., Paul, E., Rehn, T., & Keeling, L. (2011). Using judgement bias to measure positive affective state in dogs. Applied Animal Behaviour Science, 132(3-4), 160-168.
Flint, H. E., Weller, J. E., Parry-Howells, N., Ellerby, Z. W., McKay, S. L., & King, T. (2024). Evaluation of indicators of acute emotional states in dogs. Scientific Reports, 14(1), 6406.
Harrington, M. (2014). A new way to measure canine welfare. Lab Animal, 43(11), 383.
Mellor, D. J. (2015). Enhancing animal welfare by creating opportunities for positive affective engagement. New Zealand Veterinary Journal, 63(1), 3-8.
Mellor, D. J. (2016). Updating animal welfare thinking: Moving beyond the «Five Freedoms» towards «a life worth living». Animals, 6(3), 21.
Mellor, D. J., Beausoleil, N. J., Littlewood, K. E., McLean, A. N., McGreevy, P. D., Jones, B., & Wilkins, C. (2020). The 2020 Five Domains Model: Including human-animal interactions in assessments of animal welfare. Animals, 10(10), 1870.
Reimert, I., Webb, L. E., Van Marwijk, M. A., & Bolhuis, J. E. (2023). Towards an integrated concept of animal welfare. Animal, 17, 100838.
Vigors, B., Sandøe, P., & Lawrence, A. B. (2021). Positive welfare in science and society: Differences, similarities and synergies. Frontiers in Animal Science, 2, 738193.
Webb, L. E., Veenhoven, R., Harfeld, J. L., & Jensen, M. B. (2019). What is animal happiness? Annals of the New York Academy of Sciences, 1438(1), 62-76.